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    Jul 29, 2026

    ¿Qué ocurre con el cuerpo antes de que aparezca el movimiento?

    Una reflexión sobre la escucha, la creación y la experiencia de la danza

     B MEETING jueves 2026 19

    La danza comienza mucho antes de que un cuerpo se desplace por el espacio. Existe un instante previo al gesto, casi imperceptible, en el que el cuerpo escucha antes de actuar. Antes de la técnica, antes de la forma e incluso antes de la intención, hay una disposición. Un estado de presencia desde el cual el movimiento puede emerger.

     

    Quizá la pregunta no sea únicamente cómo nos movemos, sino qué ocurre con el cuerpo antes de que aparezca el movimiento. Esta pregunta ha acompañado mi práctica durante años. No busca ofrecer respuestas definitivas, sino abrir un espacio de contemplación sobre aquello que precede a la danza: la percepción, el ritmo y la relación que establecemos con la vida.

     

    Escuchar los ritmos de la vida

    La vida se manifiesta en una infinidad de formas, estructuras y vibraciones. Cada ser vivo es único e irrepetible porque se transforma continuamente en relación con aquello que lo rodea.

    Toda materia posee un ritmo. Un pulso constante que sostiene la vida y que cada cuerpo expresa de manera singular. Quizá por ello la naturaleza ha sido, desde siempre, una de las grandes maestras de la danza.

    Las primeras civilizaciones mantenían una relación íntima con los ciclos del sol, la luna, las estaciones y la tierra. Aquellos ritmos no eran únicamente fenómenos naturales, sino experiencias que organizaban la vida y daban sentido a la existencia.

    Me gusta imaginar que la danza nació también de esa escucha.

    No únicamente como una forma de expresión, sino como una manera de entrar en relación con el mundo.

    Antes de aprender pasos, existió la capacidad de percibir el ritmo de aquello que ya estaba vivo.


    Crear es transformarse

    Toda creación implica una transformación. Cada danza modifica a quien la atraviesa. El movimiento no surge de la nada; reorganiza aquello que ya habita el cuerpo: memorias, respiración, emociones, imaginarios y experiencias.

    En este sentido, el cuerpo no es únicamente un instrumento que ejecuta movimientos. Es un territorio vivo donde cada gesto deja una huella.

    Diversas tradiciones del movimiento han encontrado en los elementos una forma de comprender distintas cualidades del gesto: la potencia del fuego, la continuidad de la tierra, la ligereza del aire, la fluidez del agua o la amplitud del éter. Más que categorías fijas, son imágenes que amplían nuestra percepción del movimiento.

    El bailarín no representa esos elementos; aprende a habitarlos.

     

    La práctica de vaciarse

    Todo proceso creativo parece exigir un momento de silencio.

    Vaciarse.

    No como una ausencia, sino como una forma de disponibilidad.

    La fenomenología nos recuerda que el cuerpo no es un objeto que poseemos, sino el lugar desde donde experimentamos el mundo. Maurice Merleau-Ponty entendía que nuestra primera forma de conocimiento es corporal: antes de pensar el mundo, lo vivimos. 

     

    Desde otro lenguaje, la danza butoh propone algo semejante. Pienso en las palabras de Natsu Nakajima cuando describe el estado mono: convertirse en una vasija vacía. No ser animal, ni persona, ni planta. Ser simplemente materia en tránsito. Esa imagen desplaza el protagonismo del intérprete. Ya no se trata de expresar algo propio, sino de permitir que algo ocurra.

    Quizá crear consista precisamente en eso: dejar de afirmar quiénes creemos ser para descubrir aquello que el cuerpo todavía no sabe de sí mismo.


    El centro como lugar de presencia

    La imagen de la vasija me conduce inevitablemente a otra: la matriz.

    No únicamente como órgano, sino como símbolo del lugar donde la vida toma forma.

    No resulta casual que distintas culturas hayan considerado sagrada esta región del cuerpo. Anatómicamente encontramos allí el sacro, base de la columna vertebral y punto fundamental para la organización del movimiento. Otras tradiciones la nombran de maneras diferentes, como el hara en Japón o los centros energéticos de la filosofía del yoga, pero todas parecen señalar una intuición compartida: existe un lugar desde el cual el cuerpo encuentra estabilidad, presencia y capacidad creadora.

    Quizá por eso, durante los entrenamientos, nuestros maestros insisten una y otra vez en regresar al centro.

    No únicamente para mejorar la técnica.

    Sino para volver al presente.

    Incluso el psoas, conocido metafóricamente como "el músculo del alma", nos recuerda la profunda relación entre respiración, equilibrio y movimiento. Su vínculo con el diafragma convierte cada respiración en un diálogo permanente entre el cuerpo y la experiencia.

    Más que un punto anatómico, el centro se convierte en un estado de atención.

     

    Habitar la danza

    La filósofa y bailarina Maxine Sheets-Johnstone sostiene que el movimiento no es una consecuencia del pensamiento, sino una de las formas primarias en las que conocemos el mundo. Antes de nombrar las cosas, ya las hemos habitado con el cuerpo.

    Esta idea transforma profundamente la práctica de la danza.

    Nos recuerda que bailar no consiste únicamente en producir formas bellas o ejecutar una técnica con precisión. Implica desarrollar una sensibilidad capaz de percibir el peso, la respiración, la gravedad, el tiempo compartido y la presencia del otro.

    Quizá por eso las danzas rituales y tantas prácticas ancestrales siguen conmoviendo incluso cuando desconocemos su contexto cultural.

    No hablan únicamente del movimiento.

    Hablan de nuestra manera de estar vivos.



    Antes del movimiento

    Con frecuencia pensamos que la danza comienza cuando el cuerpo empieza a desplazarse.

    Hoy creo que comienza mucho antes.

    Empieza cuando aprendemos a escuchar.

    Cuando dejamos de imponer formas para permitir que el movimiento aparezca.

    Cuando el cuerpo deja de ser únicamente un cuerpo y se convierte en un lugar de encuentro entre la percepción, la memoria, la imaginación y la vida.

    Quizá esa sea una de las enseñanzas más profundas de la danza.

    No enseñarnos solamente a movernos.

    Sino enseñarnos a habitar plenamente el instante que precede al movimiento.

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